Era grande,
mucho más de lo que había imaginado. Entendió en ese momento por qué quien le
cogía de la mano se había negado a contarle más cosas, por qué había insistido
en que era mejor verlo.
El animal tenía una respiración
ronca y profunda, que se podía oír desde bastante lejos. Además, con cada
inspiración, al hincharse, lamía todo lo que le rodeaba y después, mientras
parecía soltar el aire, dejaba tras de sí un rastro de espuma para justo
después empezar a crecer de nuevo, como si quisiera comerte.
El niño levantó la cabeza:
-¿Y cómo dices que se llama, papá?
-Mar.
Y el pequeño se puso muy contento,
pues el nombre que habían puesto al animal era el de la niña que le gustaba. Él
era azul, del mismo color que sus ojos; y curiosamente, estando allí, sólo con
mirarlo, notaba el mismo cosquilleo en el estómago que cuando, cogidos de la
mano, salían a jugar juntos en el recreo.
163 días para que termine el año
163
palabras
Yo no me acuerdo la sensación de ver por primera vez el mar...
ResponderEliminarpero cada vez que me encuentro frente a él, también siento como un cosquilleo.
Muy bonito Luisa, aunque curiosa esa forma de llamarlo.
Rosy
Muy bueno el toque mitológico. Ay, Luisa, me voy a poner al día con tu blog que llevo semansa sin aparecer. Un abrazo.
ResponderEliminarQué ternura de texto, me encanta esa voz de niño viendo cómo el animal respira, lame y se retira. Precioso paralelismo con su amor.
ResponderEliminarAbrazos Luisa.