Aquel
verano, el reloj de la iglesia nos salpicaba la hora desde la torre; la sombra,
tras su operación bikini, se hacía invisible en las calles de adobe y la tarde
se alargaba tras la siesta en un bombardeo inclemente de moscas. Teníamos
quince años, nos hacíamos guiños desde el interior de nuestras primeras gafas
de sol y habíamos aprendido desde niños algunas verdades inalterables y
absolutas: que estábamos dejando de serlo, que el agua bailaba en nuestro
cuerpo y que el río estaba cerca.
85 días para
que termine el año
85
palabras
Precioso relato plagado de sensaciones...
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