Llevaba años
alimentándose de conversaciones ajenas. Nadie como él para apropiarse de las
palabras que flotaban en el aire de la calle, que se dejaban caer en la cola de
la frutería, que se olvidaban junto a un paraguas en un autobús cualquiera.
Las devoraba con
verdadera ansía. Se las tragaba apenas sin masticar, sin saborearlas,
prácticamente enteras. Sin embargo, su recalcitrante soledad hacía que le fuese
difícil digerirlas.
De modo que, sólo
cuando fue capaz de vomitar su dolor, sólo cuando su discurso dejó de ser eco
de otros y sus palabras empezaron a ser suyas, sólo entonces, sólo cuando se
pudo oír y se oyó, sonrió y levantó la cabeza.
112 días para
que termine el año
112 palabras
112 palabras
¡Ay, qué bien sienta una conversación!, aunque sea de cosas triviales...
ResponderEliminarMe gusto este micro,Luisa, muy bueno.