El
párroco, un modélico católico vestido con túnica, sentía el ridículo deseo de
vivir un sábado lleno de música y dar un espectáculo vestido de libélula. Ávido
de montar un número y de pasar página, harto de sentir las lágrimas y la
cólera, se limitaba a alcanzar el éxtasis siendo un sádico con su hígado,
repitiéndose que era un héroe bajo la bóveda de estrellas y que lo pasaba
bárbaro, cuando en realidad todo en su vida era una pérdida y sólo quería coger
un fósforo y prender fuego a la pólvora.
Después, al día siguiente, tras la errática noche, cuando llegaba el fatídico domingo, volvía a ocultar el recóndito anhelo bajo la cáscara, subía al púlpito y era la guía y la brújula de sus vecinos.
Después, al día siguiente, tras la errática noche, cuando llegaba el fatídico domingo, volvía a ocultar el recóndito anhelo bajo la cáscara, subía al púlpito y era la guía y la brújula de sus vecinos.
127 días para
que termine el año
127 palabras
127 palabras
Algunos curas cuando se quitan la sotana, pueden ser otras muchas cosas, todo menos lo que predican.
ResponderEliminarBuen micro, Luisa.
Pobre hombre, porque aunque cura, es hombre y eso no lo cambia ni Dios. Quizás también sea una pesada carga para él tener que guiar a sus vecinos cuando sabe que no hay guía posible. Debería destaparse y mostrar sus anhelos, hacer una fiesta de disfraces, no sé, jaja, algo para reconciliarse consigo mismo.
ResponderEliminarNos das que pensar Luisa. Besos.