Hace
meses que la vida se paró, que se quedó cosida al vaivén de una cuna vacía y
sembró en nuestra casa el silencio.
Ayer,
sin embargo, ella movió el aire, se levantó de la orilla de la cama en la que naufragó
y cogió, de la habitación de nuestra hija, uno de esos juguetes que estaban
como nosotros inertes. Poco después llegaba la nana, esa canción eterna que desde
entonces me persigue y me hiere.
Para
protestar por este nuevo dolor que me infringe, voy ahora hasta la puerta de
nuestro cuarto y la miro, descubriéndola agotada pero incapaz de parar de
cantar o de mecerse. Me quedo de pie sin saber qué hacer para sacarla del dolor,
para salvarme, y descubro por primera vez mis mejillas mojadas bajo mis ojos
secos. Ella me encuentra y casi sonríe: “Tú ya lloras, yo ya puedo moverme. Hemos
dejado de estar ajenos el uno al otro. No, no quiero que suframos solos; prefiero
luchar contigo por ser lo que fuimos, por seguir estando juntos aunque seamos otros”.
176 días para
que termine el año
176
palabras
Cuánta lírica en este micro. Desde el título, que casa como un guante, hasta el último punto, sensibilidad a raudales, se precisa, para escribir algo así.
ResponderEliminarGracias Luisa.
Rosy