Cuando la
ciencia hubo resuelto todas sus dudas, Tanu no dudó en implantarse en el
cerebro una microcámara digital con la que registrar todos y cada uno de los
momentos de su vida. Y así, cuando murió, siguiendo sus instrucciones, las
imágenes y los sonidos contenidos en la memoria de la cámara fueron entregados
en el correspondiente chip al pariente más cercano junto con un mensaje del
propio Tanu, un pequeño discurso con el que le hacía entrega de lo que
consideraba el mayor y mejor de los regalos posibles: su vida.
Cuando su
pariente terminó de oír la presentación, entre atónito y perplejo, empezó a
preguntarse qué era lo que se esperaba de él, qué podía hacer con ese pequeño
objeto que aún tenía en las manos.
Hoy, cuatro meses
después de aquel día, ese hombre ha dejado de hacerse preguntas. Ha decidido
ser el protagonista de su vida, ha pensado que no quiere ser espectador de
nadie y ha eliminado todos los archivos que el chip contenía sin ni siquiera
haberles echado un vistazo.
176 días
desde que empezó el año
176
palabras
La vida es única e intransferible, ¡cada uno que viva la suya!, y a seguir disfrutándola Luisa.
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