Siempre ocurría lo mismo. Primero se
veía obligado a luchar contra la hoja en blanco; y después, cuando lograba
escribir una frase en ella, aquella hilera de palabras parecía convertirse para
su torpe imaginación en un muro infranqueable.
Un
día, sencillamente, dejó de intentarlo. Se recostó en el sillón, permitió que
la pluma se escapase de entre los dedos de su mano y descubrió que, sin la
amenaza de coserlas con tinta en papeles que quizás no leería nadie, las
historias fluían con facilidad hasta rodearle por completo y perderse en el
aire.
93 días para
que termine el año
93
palabras
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