La frase
estaba entre otras muchas, ni siquiera al inicio o al final de un párrafo, ni
siquiera. Sin embargo, entró en la mente del lector adueñándose de ella,
eliminando tabúes y barreras, dejando escapar a aquellos recuerdos inolvidables
que había logrado acorralar, aquellos que dolían.
Al poco, el
hombre parecía incapaz de dejar de llorar, iluminado por la luz apagada de la
tarde que ya acababa, sentado y roto en el sillón que siempre había preferido
para la lectura.
Nadie sabría
nunca nada de ese momento de rendición, de debilidad y de derrota; pero él, a
sí mismo, sí que se vio y algo le hacía pensar que ya nada nunca volvería a ser
igual.
116 días para
que termine el año
116 palabras
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