El paisaje aparece partido en dos; en la mitad inferior un campo
infinito, plano, amarillo y sin vida; en la superior, un cielo azul perfecto,
sin huellas. Simplemente mirando, se puede apreciar el intenso calor que rodea
la imagen; incluso se adivina cómo, en un acto inevitable y reflejo, en cada
bocanada, los pulmones respiran y se secan a un tiempo; y por todas partes, el
ruido de la chicharra que es el sonido de las cinco de la tarde bajo la luz
inclemente de un sol de verano. No hay un aleteo, no hay una brisa, nada se
mueve. Aún nadie ha entrado en la escena y, mirándolo bien, parece fácil que
nadie quiera entrar, que nadie entre; y así el lugar, la imagen, el decorado,
la cáscara del cuento, se quedará estéril de historias, de palabras, y será, si
cabe, más estéril.
144 días para
que termine el año
144 palabras
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