Desde hacía años visitaba a mi madre en la residencia de ancianos,
todos los sábados sin faltar nunca; y siempre, cuando me iba, me prometía no
volver, habida cuenta de que no me miraba, no me hablaba y no daba muestra
alguna de saber que yo era su hija.
Mi frustración iba en aumento pero, aún así, cada siete días, entraba
de forma mecánica en la sala multiusos del edificio y me sentaba junto a ella.
Le contaba alguna cosa, miraba el reloj y me iba.
Un día, por error, me senté junto a una anciana que se le parecía.
Desde entonces voy a visitarlas a las dos, en días distintos. Si bien,
últimamente, disimulando todo lo que puedo para que no se enfaden, he empezado
a buscar de reojo una persona más a quien no le importe escucharme. Podría ir a
visitarle casi cuando quisiese.
146 días para
que termine el año
146 palabras
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