Cuentan que, en aquel pequeño pueblo junto al mar, había una
prestigiosa fábrica de espejos y que su dueño estaba locamente enamorado de la
más bella mujer que aquellas calles habían visto nunca. Él, intentando
conquistarla, construyó fastuosas catedrales, coquetos palacios y delicadas
villas para después cubrirlas por fuera y por dentro de esmeriladas superficies
que las multiplicarían un millón de veces; sin embargo ella, joven y coqueta,
acostumbrada a que los espejos la quisiesen, huyó junto a un joven pescador que
la cantaba, que no había pescado nada nunca, pero que la hacía reír. Roto por
el dolor, el propietario de la fábrica empezó a hacer añicos todo lo que había
construido, no dejó de llorar y gritar hasta que la muerte le impidió hacerlo.
Aquel pueblo se llamaba Venecia y, aún hoy, cualquier persona que
recorra sus calles estrechas verá en ellas la huella de aquel dolor: lágrimas y
espejos.
152 días para
que termine el año
152
palabras
La próxima vez que vuelva, me fijaré bien...
ResponderEliminarRomántica entrada.
Buen finde, Luisa.
Me gustó mucho la figura del joven pescador, si señor.
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