Cuando el conductor perdió el
control del coche, éste se salió de la autopista y acabó estrellándose contra
uno de los pilares de los puentes en los que vivimos los desheredados. El golpe
fue fuerte e, inmediatamente, empezamos a sentir nostalgia por la vida que
habíamos perdido; aquello eran un vehículo sin polvo, un traje de buena tela y
la música emitida por un programa de radio.
El Carnicero, en honor de la
profesión que había tenido, confirmó que el hombre estaba muerto y el
Veterinario nos recordó que un cerdo y un humano eran anatómicamente iguales.
Rápidamente, sin apenas intercambiar palabras, cada uno de nosotros empezó a
hacer lo que fuera que hiciese antes de que la sociedad lo expulsase y yo,
mientras esperaba a que acabasen, me sentí orgullosa de poder ver en mis
compañeros a unos profesionales bien preparados.
Como no podía ser de otro modo, todo
acabó sirviendo para algo. Después yo limpié los charcos de grasa de motor y de
sangre, dejando como siempre el puente
impecable.
172 días para
que termine el año
172
palabras
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