El escritor intentaba atrapar la
ficción y coserla al papel con puntadas de tinta.
Escribía algunos párrafos, los
releía, empezaba de nuevo, tachaba, corregía, añadía algunos detalles y
suprimía otros, leía en voz alta, se quedaba en blanco.
Tras cuatro horas de trabajo, el
escritor dio por bien empleado el día. Apiló las hojas, colocó los lápices,
tiró los folios emborronados y, sólo cuando hubo salido del despacho, se
empezaron a oír unos extraños ruidos en la papelera. Eran los anegados
protagonistas de la ficción que se estaba gestando, quejándose de las continuas
dudas de aquel que les daba la vida, de sus tachones que eliminaban escenas de
un plumazo o de las frases que dejaba ya para siempre olvidadas, de cada nueva
versión que él era capaz de escribir y que ellos estaban obligados a
representar, obedientes y sin descanso.
Sí, aquellos
personajes estaban agotados pero lo peor no era eso, lo peor era estar
convencidos de que aquel libro en el que iban a existir no iba a llegar a ser
leído por nadie nunca.
177 días
desde que empezó el año
177
palabras
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