La última imagen
que tenía, antes de que el telón se cerrase, era la del público en pie
aplaudiéndola. Después, en el camerino, habían sido las flores y los brindis,
pero ahora estaba sola. Se miró en el espejo; su personaje aún estaba allí, a
la expectativa. Había llegado el momento de desprenderse de él hasta la
siguiente función pero no supo o no quiso hacerlo.
Una vez en casa,
su marido apreció enseguida la diferencia. Aquella noche bebieron, rieron y se
amaron como hacía tiempo que no hacían. Fueron días de vino y besos mientras se
deslizaban sin parar hasta la fecha en la que todo acabaría.
El día que la temporada
teatral terminó, ella volvió a ser la que siempre había sido y casi no
recordaba como era. Entró en casa, cabizbaja y triste, sintiendo que no tenía
nada que ofrecer al hombre que la esperaba. Cuando ella se atrevió a mirarlo,
él la sonrió y le tendió unos libretos:
-Ven, elijamos
juntos quien vas a ser ahora.
170 días
desde que empezó el año
170
palabras
¿Es posible vivir siempre representando un personaje? ¿No llegará el día en que la propia identidad pugne por salir a la luz, aunque con ello se destruyan todas las ilusiones? Un excelente micro que obliga a la reflexión.
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