Recién salida
de la ducha, al secarse, descubrió que la piel se le estaba arrugando a la
altura de los hombros.
Poco después
tiraba con suavidad de algunos jirones y con un gesto casi infantil los iba dejando
en el lavabo.
Supo que no
podría parar y siguió desprendiendo superficies de piel, cada vez más gruesas,
cada vez más grandes, haciéndose cosquillas mientras se las quitaba.
Al cabo de un
tiempo indeterminado en el que no perdió la sonrisa, fue consciente de la
cantidad de pellejo acumulado. Levantó los ojos y se miró en el espejo, la
mujer que había salido de la ducha era ahora un hombre con sus mismos ojos, un
hombre que descubría que la operación de cambio de sexo que le habían hecho no había
valido para nada y que lamentablemente, otra vez, era aquello que odiaba.
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