Enseguida
supe que no quería salir indemne de aquel encuentro.
Desde
el primer instante decidí que, aunque acabase hiriéndome o llegase a amarme,
quería que dejase una huella imperecedera en mí. Estaba decidido. Si la vida
iba a tocarme, si iba a vivir, la elegía a ella, quería que fuesen suyas
algunas de las cicatrices que iban a surcar mi alma.
Había
aparecido en mi vida y no la iba a dejar pasar; al contrario, estaba ansioso
por sentir la alegría y las lágrimas, por zambullirme en ellas. Sí, lo quería
todo, sin lugar a dudas; y lo primero que tenía que conseguir es que no pasase
de largo junto a mí: extendí mi pierna, más allá del trapo con el que recojo
las monedas que me tiran, y le puse la zancadilla, dispuesto a recitarle unos
versos en cuanto levantase la cara.
143 días
desde que empezó el año
143
palabras
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